Un canto contra el cemento
- Bali

- 3 days ago
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Por Braulio A. Quintero Nazario, PhD
Director Ejecutivo, ISER Caribe

El 7 de enero de 2026 visité la Oficina de Gerencia de Permisos en San Juan para examinar el expediente de la Declaración de Impacto Ambiental del proyecto Esencia de la compañía Cabo Rojo Land Acquisition LLC y financiado por The Reuben Brothers. Este proyecto esta propuesto para impactar 1549 cuerdas de bosque seco en Los Pozos, Cabo Rojo. Mientras revisaba los documentos, conversé con el personal de la agencia sobre la importancia del Guabairo, un ave endémica y en peligro de extinción, y sobre el impacto que este desarrollo tendría sobre su hábitat critico en uno de los últimos bosques secos bien conservados del suroeste.
Esa conversación no terminó en la oficina. En la madrugada del 8 de enero, cerca de las 2:30 AM, me despertó el canto de un Guabairo justo al frente a la ventana de mi cuarto. Fue breve, tal vez como uno o dos minutos, y luego desapareció en el silencio de la noche. Ya no volvió a cantar, pero yo no pude volver a dormir.
Ese encuentro inesperado me acompañó durante el resto del día. No como un evento místico, sino como un recordatorio incomodo y poderoso de los que está en juego. El Guabairo no se suele hacerse escuchar por donde vivo. Es un ave nocturna, críptica y taciturna de bosques secos, no de pastizales y vaquerías. Es un ave que necesita de la tranquilidad y oscuridad de la noche y de la continuidad de bosques secos para sobrevivir. Que este en Los Pozos, no es casualidad: es el resultado de décadas de inacción humana a gran escala, una forma involuntaria, pero efectiva para su conservación.
En esos terrenos, actualmente habitan al menos 14 especies protegidas, amenazadas, o vulnerables. En términos ecológicos y legales, el Guabairo merece la misma atención que otras especies emblemáticas del país como la Cotorra Puertorriqueña y el Manatí. Preservar su hábitat debería ser una obligación del Estado, no un obstáculo incómodo para proyectos de mansiones y campos de golf.
Como director de una organización ambiental en Puerto Rico, todos los días veo como decisiones públicas priorizan las ganancias marginales de unos pocos sobre la protección de nuestros ecosistemas. También veo como esa lógica erosiona nuestro vínculo con la tierra que nos sostiene. La Pacha Mama, la Madre Tierra, no es un concepto abstracto, es el territorio que nos alimenta, que nos protege, nos provee recreación, espiritualidad y da sentido a nuestra vida colectiva.
Defender los bosques secos de Cabo Rojo no es solo una causa ambientalista. Es una responsabilidad intergeneracional. Es asegurar que futuras generaciones puedan escuchar el Guabairo, conocer nuestros arrecifes de coral, caminar por nuestras playas, bañarse en nuestros ríos.
El canto que escuche aquella madrugada no fue una señal sobrenatural. Fue una advertencia. Y sobre todo una invitación a escuchar con atención antes de que el silencio no sea definitivo.






